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«ÉL NOS AMÓ PRIMERO»

Todo acto de amor y de entrega a Dios es siempre respuesta al amor con el que Él nos ha amado. Juan afirma en su primera carta: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. (1 Jn 1,10). Al celebrar el Centenario de la Consagración al Corazón de Jesús y nuestro deseo de renovarla, caemos en la cuenta de que esta historia de amor no ha empezado en nosotros, sino que “Él nos amó primero”. (1 Jn 1,19).

Celebramos el amor eterno con el que hemos sido amados. “Antes de que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre, Tú eres Dios”. (Sal 90,2) y desde siempre y por siempre nos amas. Al Papa Francisco le gustaba recordarnos que Dios nos primerea. “«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor. (cf. 1, Jn 4,10)”.

Este amor sin principio ni fin es precisamente la causa de nuestra fiesta y el centro de nuestro anuncio. Bajo el lema: “Él nos amó primero”, queremos adentrarnos en esta experiencia de la gratuidad de un amor que no tiene que ser ganado y comprado, sino que es el origen más radical de nuestra propia vida, salvación de nuestros errores y pecados, promesa de nuestra plenitud futura. Este ha de ser nuestro anuncio sanador para cada hombre: con amor eterno eres amado.

La expresión más sugerente para acercarnos al misterio de Dios nos lo ofrece San Juan en su carta: “Dios es amor” (1 Jn 4,8). A esta luz también podemos comprender el misterio del ser humano: el hombre es amado y nunca dejará de serlo. El Papa León XIV recordaba a los jóvenes: “es necesario partir de un fundamento estable, de la roca que sostiene nuestros pasos. Esta roca es un amor que nos precede, nos sorprende y nos supera infinitamente: el amor de Dios”. Proclamar el misterio del Corazón de Cristo es ofrecer precisamente esta roca de amor que nos precede siempre.

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