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HOJA PARROQUIAL 7 DE JUNIO DE 2026

DOMINGO 14 DE JUNIO DE 2026 -DOMINGO 11º DE TIEMPO ORDINARIO

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (Mt 9,36-10,8).

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor.

MEDITACIÓN

Si tenemos sentimientos, es natural que nos compadezcamos del mal ajeno y tratemos de remediarlo. También Jesús volcaba su humanidad en atender a enfermos y necesitados, mostrando con esos signos mesiánicos el poder misericordioso de Dios que actuaba en Él. Pero sabía que estas necesidades no cesarían, y por eso nos invita a no dejar de pedirle a Dios que envíe trabajadores a su mies, para extender su labor de salvación de todo ser humano liberándolo del pecado. Y nosotros, que le seguimos hoy, podemos preguntarnos si seremos capaces de llevar a cabo esa tarea de predicar, sanar e incluso resucitar. ¿Podremos? Seguramente no todos como lo hacía físicamente Jesús, pero podemos aportar sentimientos, compasión y comprensión a quienes lo necesiten.

Señor, somos tus discípulos de hoy el fruto de esa petición al Padre para que enviara trabajadores. Ayúdanos a comprenderlo y danos fuerza para prolongar tu acción misericordiosa en esta sociedad enferma y necesitada.

DOMINGO 21 DE JUNIO DE 2026- DOMINGO 12º DE TIEMPO ORDINARIO

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (Mt 10,26-33).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «gehena».

¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

MEDITACIÓN

Dicen que el miedo es libre porque cada cual es muy dueño de tenerlo o no tenerlo, y por eso arbitramos abundantes medios para superarlo. Pese a eso, uno de los principales temores que nos preocupan y angustian es el miedo a la muerte, por lo que tiene de final obligado de nuestra existencia y por los problemas añadidos que suelen darse en el trance de morir.

Jesús lo sabía y por eso nos tranquiliza, remarcando que nuestra vida está protegida de antemano por quien nos la ha regalado y, por eso, si hemos de temer, ha de ser a que perezca nuestra alma y a quien lo pueda conseguir. Esto les cuesta entenderlo a quienes solo contemplan la existencia como un acontecimiento material y se comprende su miedo a que se termine. Pero en esto, como en todo, la palabra de Jesús resulta una bendición para quienes la aceptan. Quienes no lo hagan, tendrán que seguir sufriendo ante el inevitable fin de sus vidas.

Señor Jesús, danos la confianza que brota de tu promesa de vida y eternidad para que con ella superemos los miedos y temores cotidianos, y en especial, el de la inevitable muerte que a todos nos ha de llegar.

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